Como ya he comentado en posts anteriores, mi centro de placer no está en mi pene, sino en mi culo y, por lo mismo, disfruto enormemente ser penetrado por hombres. Pero una de mis fantasías sexuales siempre ha sido la de ser penetrado por una mujer (la otra: cogerme a una contorsionista, pero eso es tema aparte). Claro, una mujer, mujer, no tiene con qué, salvo los dedos, la nariz... y quizá algún dildo. Sin embargo, hay remedios para todo, y una opción consiste en hacerlo con una trans.
De modo que me fui con Nancy, una callejera trans de la colonia Tabacalera. Alta, de rostro bastante femenino (cosa inusual en una trans), cabello largo castaño, aunque su voz aún suena irremediablemente masculina. Sus implantes mamarios son prominentes y creo que sus nalgas, paraditas, son totalmente naturales, aunque no soy especialista en el tema y no podría asegurarlo.
No le pregunté si era trans: eso era obvio. Sólo le pregunté si estaba dispuesta no a ser cogida, sino a cogerme a mí. Me puse de espaldas a ella para que viera mi culo (me puse unos jeans ajustados para tal efecto) mientras le decía: "esto es lo que obtendrás, aparte de tus honorarios". Modestia aparte, siempre me he sentido orgulloso de mi cola, pues desde que, en la Secundaria, el profe de Educación Física me "estrenó" a mis 14 años, me volví muy vanidoso a ese respecto, ya que el aludido mascullaba "¡qué ricas nalgas tienes, güerito!" mientras me penetraba en el salón de proyecciones. Desde entonces supe que, a pesar de no tener yo un rostro precisamente agraciado, nadie podía resistirse a mi culo, ni hombres y ni mujeres.
Y aquella no fue la excepción: Nancy aceptó irse conmigo al hotel Pensylvania, en Ponciano Arriaga e Ignacio Mariscal.
Fue una experiencia inolvidable, pues tras el usual jugueteo sexual en el que ambos nos chupamos nuestros respectivos penes, Nancy clavó violentamente su miembro en mi cola, sin contemplaciones. Quienes tengan alguna experiencia en sexo pasivo sabrán que, en general, siempre es recomendable iniciar con lentitud -y mucha lubricación, pues el aceite del condón no siempre es suficiente- la penetración, a modo de aflojar el esfínter, ya que de lo contrario el dolor puede ser insoportable. Pero la brusca e inmisericorde acometida de Nancy me hizo aullar de dolor. Afortunadamente nos hallábamos en una de las habitaciones del piso superior del inmueble, pues de lo contrario en la recepción me hubieran escuchado y pensarían que estaban asesinando a alguien. Es posible que Nancy hubiera procedido así por pura maldad: ha de haber pensado "¿así que a este puto le gusta ser cogido? ¡Tóme, mariquita, para que aprenda lo que es el sexo duro!" Ya antes, en los Baños Regios, de la cercana calle Mina, me habían cogido -qué digo cogido: la palabra más adecuada sería "violado"- de esa manera, tras lo cual yo procedía a retirar de inmediato mi trasero y esperar a que se me pasara el horrible dolor. Pero, extrañamente, con Nancy no ocurrió así. El dolor era ciertamente insoportable, agudo, implacable e insidioso: como si estuviera defecando una roca puntiaguda, pero el placer de saberme violado por una mujer superaba con creces mis impulsos de apartar de mi cuerpo a mi violadora. Y entonces supliqué por más dolor: "¡Rompeme el culo, cabrona!", le rogué. Tras varias acometidas e ininterminables jadeos, Nancy emitió un prolongado suspiro indicador de que había terminado por "venirse".
"Coges rico", susurré a su oído mientras estábamos tendidos en la cama, ella exhausta y con su pene aún erecto, yo aún excitado y, a la vez, adolorido del culo. "Gracias", murmuró ella. Acaricié sus senos, duros como cualquier implante de silicona. "A pesar de ser mujer, coges como todo un hombre", dictaminé. "Y tú, a pesar de ser hombre, coges como toda una mujer", contestó ella sonriendo. Nos besamos.
Debió haberle gustado, pues accedió a permanecer en la cama, platicando sin prisas, contrariamente a la práctica usual en el sexoservicio, en que la trabajadora sexual procede a abandonar la habitación lo más pronto posible para poder pescar a más clientes. Nancy, sin embargo, parecía muy a gusto charlando conmigo. Y así permanecimos como 40 minutos.
"Ahora me toca a mí", le anuncié. Le dí la vuelta sobre la cama, colocando sus nalgas hacia arriba, me puse un condón... y la penetré con la misma violencia con la que ella me había acometido poco antes. "¿Te gusta, cabrona? ¡Dime que te gusta, perra!", gruñí a su oído. "¡Me encanta!", murmuró. "¿Quieres que te rompa el culo?", "¡Rómpemelo!", contestó. Enloquecí de placer. Y una caudalosa eyaculación llenó de semen el preservativo.
Quiero pensar que, en lo sucesivo, cada vez que Nancy me vea pasar por las calles de la colonia Tabacalera, contemplará mi trasero y pensará: "ese culo y esa verga fueron míos". Y yo, por mi parte, miraré su figura artificialmente femenina y pensaré: "con ese cuerpo femenino, por primera vez, me sentí como toda una mujer".
Lamento no presentar fotos del antes narrado encuentro: Nancy fue terminante en el sentido de no permitir ser fotografiada, exigencia que respeté. No podía ser menos, tras el inolvidable momento de placer que me otorgó.
Last edited by ComplejoAnal (2026-01-07 18:53:23)